MAMÁ: MALO SI SÍ, MALO SI NO.

MAMÁ: MALO SI SÍ, MALO SI NO.

Por Francisco García Pimentel

@franciscogpr

 

mother working
Businesswoman holding baby son and coffee cup

 

“Entonces, dime… ¿es cierto que en México existe aún la esclavitud?” -Me preguntó Janina, la abogada Alemana, mientras tomaba un sorbo de su té de menta.

“¿Disculpa?”

“Las mujeres. ¿Es verdad que aún hay mujeres en México que se dedican cien por ciento a la casa y a los niños en vez de trabajar? En Alemania a eso le decimos esclavitud, o servidumbre…”.

Traté de explicarle a Janina que en nuestro país el poder dedicarse a la casa se consideraba un privilegio, y que la inmensa mayoría de las mujeres mexicanas trabajaban y atendían a sus hijos. Traté de ilustrarla sobre la red de apoyo que la familia representa en nuestra cultura, y que nos mantenemos muy unidos a nuestros hermanos, tíos y abuelos a lo largo de nuestra vida.

Pero no funcionó. En su mente teutona no cabía esa posibilidad. Ella creía que el hecho de cuidar a los hijos propios evitaba que las mujeres pudieran competir en un mundo de hombres. “Quiero ser directora de un banco” –me dijo – “¿cómo voy a lograr eso con dos niños encima?” Y continuó. “Dime, Francisco, cuando tú te cases ¿tu esposa se va a quedar en casa, o va a ir a trabajar?”.

Yo aún no tenía esposa; ni siquiera novia, pero para mí la respuesta era clara.

“Va a hacer lo que ella quiera. En México a eso le llamamos libertad” –hice una pausa, para efecto dramático – “Una sociedad que no permite a las mujeres competir es machista; pero más lo es aquella que no permite a las mujeres ser mamás”.

“Pero yo no quiero ser mamá por ahora” –dijo Janina-.

“Perfecto” –contesté – “Pero hay otras mujeres que sí. ¿Se los vas a prohibir?”

“Esas mujeres están abandonando sus sueños, se van a arrepentir” –insistió.

“Esas mujeres están siguiendo sus sueños. ¿Cómo es mejor servir a tu jefe por dinero que apoyar a tu marido por amor? ¿Cómo es mejor pasar ocho horas en un cubículo que con tu familia? El tema es la libertad, Janina. Y a fin de cuentas, la sociedad no necesita más bancos; pero sí más familias y mejores ciudadanos”.

Janina no quedó contenta. Yo tampoco, para ser honesto, porque el asunto me ha calado desde entonces. Y ahora que estoy casado y con hijos, me sigue molestando.

Para las mujeres en México es un crimen ser madres, y es un crimen no serlo. Malo si sí, malo si no. Si deciden ser madres, tienen que soportar tratos injustos en las empresas, discriminación y maltratos. Sus opciones de escalar se limitan; sus horarios las ahorcan, y viven en la constante agonía de tener que decidir entre la oficina y sus hijos.  He visto ese desgarramiento en docenas de mujeres trabajadoras. Además tienen que aguantar las miradas, opiniones y consejos de otras personas, sobre todo mujeres. ¿Por qué un hijo? ¿Por qué dos? Uno es poco, tres son muchos, estás muy joven, estás muy vieja. Si deciden no ser madres, la cosa no es mejor. Solterona, cotorra, quedada, frígida…

Si deciden trabajar son desnaturalizadas; si deciden quedarse en casa “no hacen nada”. No hay victoria en este juego, porque nuestra narrativa cultural –siempre en tono de carrilla y broma, porque somos mexicanos- no admite que las mujeres puedan ser libres, tomar sus propias decisiones y no ser juzgadas por el hecho de ser lo que son –mujeres- en vez de ser reconocidas por sus decisiones, sus compromisos y sus frutos, como cualquier otra persona.

Yo soy hombre. A mí nunca nadie me ha regañado por trabajar, o por tener hijos o familia, o estar casado o soltero. A nadie le importa, porque no debería de importarles. Para las mujeres, en cambio, cada decisión es una decisión contracorriente. Tienen que estar dando excusas y explicaciones, como si las debieran. Ya bastante tienen con lo que hacen, como para sumarle nuestras ilustradas opiniones.

Hoy es el día de la madre y quiero felicitar a todas las que lo son, porque han elegido un trabajo que no admite descanso. Quiero felicitar a las que se quedan en casa, porque han decidido entregarse a la importante labor de educar a los hombres y mujeres del futuro. Quiero felicitar a las profesionistas, porque trabajan el doble con la mitad del reconocimiento. Sé que unas y otras son juzgadas por ello, y que lo hacen por la misma causa: el amor a sus hijos. Y es en el amor donde la libertad encuentra su perfección.

Yo no tengo más regalo que darles que esta afirmación: las admiro profundamente. No se me ocurre labor más difícil, y también más necesaria. Y si alguien les quiere decir qué hacer, o qué no hacer; o gusta de contar chistes sobre lavadoras de dos patas, entonces díganle de mi parte –háganlo con cara seria-: salúdame a la tuya.

***

El autor es abogado y autor. Pide perdón a su mamá por todas las tonterías que ha hecho en su vida y que sigue haciendo, empezando por el día en que encontró –y devoró- los chocolates secretos. Gracias, jefa, eres lo máximo. Síguelo en @franciscogpr


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