BALDOR, MI VIEJO NÉMESIS.

baldor2
Por Francisco García Pimentel

@franciscogpr

Esta semana entre los Trending Topics del Twitter, apareció una palabra que no esperaba encontrar dentro de la habitual mezcla de política, deporte y sinsentido. La palabra es de todos conocida, y por muchos temida:

Baldor.

¿Qué hacía Baldor entre las noticias de la semana? Resulta que la imagen del mítico libro de Álgebra se renovó. Aparentemente el personaje de la portada (que no es el cubano Baldor, sino el matemático persa del siglo X, Al Juarismi), recibió un Extreme Makeover y ahora se le ve más joven y lozano, como si se hubiera inscrito al gimnasio y adoptado una dieta rica en ginseng y quinoa, sin gluten. También, según parece, ahora vive en la Matrix.

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Memes y risas aparte, el libro Baldor representa, en verdad, un punto bajo en mi vida; un punto que me cuesta abordar, y que me resisto a admitir. Durante la secundaria, cuando pacientemente mis profesores intentaban enseñarme a pensar, decidí que este libro no me gustaba. Me negué, lo escondí, lo perdí, me hice menso, hice trampa y perpetré todas las animaladas que se me ocurrieron para no cumplir sus ejercicios. Cada semana, cuando había que entregar esa tarea, alguna excusa mal pintada aparecía; y el día del examen arrastraba el lápiz como los presos arrastran las cadenas.

El libro me parecía por completo ininteligible, insoportable, aborrecible y odioso. “Lo mío no son las matemáticas”, el álgebra es “muy difícil”, “¿Esto para qué me va a servir?” – Esas eran mis excusas, las que me mantenían a flote. Al final pasé la materia de milagro y juré que no vería ese libro nunca más. Pensé que había vencido. Odiaba a Baldor. Lo odiaba.

Pero ahora, 20 años después, que Al Juarismi aparece en mi feed de Twitter con todo su esplendor juvenil, las entrañas se me revuelven. Y me hago una pregunta sencilla, en silencio. Solo hay una manera de contestarla. Cruzo tres pasillos y me cuelo en la biblioteca. “¿Tienes el Baldor?” –Pregunto- “Por supuesto, tercer pasillo- me dicen-.  Y vuelvo a abrir sus páginas, como con miedo. Me siento como el niño bulleado que enfrenta de nuevo al agresor.

Si mi día fuera un episodio de la Rosa de Guadalupe, lágrimas hubieran corrido por mis mejillas. ¿Cómo estuve equivocado tanto tiempo? El Baldor es hermoso. Parece que lo veo por primera vez. Sus sencillas explicaciones, sus ilustraciones históricas, sus progresivos ejercicios. Es un gran libro, un libro que te lleva de la mano a través del pensamiento abstracto y de la lógica matemática.

Por supuesto, no hace falta ser Miss Marple para develar este misterio. En un inesperado giro, como Tyler Durden, el enemigo nunca fue Baldor; el enemigo era yo mismo. Pensé que vencía a mi némesis, pero no hacía más que darme golpes en la pared, como una mosca descerebrada. Cuánto tiempo perdido.

Me he prometido intentarlo otra vez; tratar de resolver los ejercicios de álgebra en mi tiempo libre. Vencer a Baldor será una forma de vencerme a mí mismo, y a la insistente voz que me dice que esto o aquello es imposible.

Los obstáculos existen, sin duda. Pero los peores son los que nos inventamos.

¿Cuántos más Baldores me he inventado para justificar mi pereza? En el trabajo, en mis finanzas, en mi salud, en mis proyectos, en los demás, en el mundo ¿Cuántas cosas “no puedo” porque decido que “no puedo”; lo que es lo mismo que decir “no quiero”?

Me devasta ver a cada día problemas que parecen insalvables. Charlotesville se abre como herida purulenta; Caracas rebosa pestilencia y muerte; en México, Estados Unidos o Europa, corrupción, odio y guerra se ven en el horizonte mientras la verdad y la libertad mueren entre aplausos atronadores.

Nada se puede hacer, según parece. O quizás sí. El reto de hoy no es resolver el universo, el presente y el futuro, sino solo dar el paso que nos toca. Estamos leyendo –no olvidemos- de un libro mucho más grande de lo que vemos y conocemos, y la historia no se agota en los titulares de la semana. Las guerras se componen de batallas, y las batallas de ataques, y los ataques de pasos.

Baldor, buen amigo, lo lamento todo. Es hora de empezar otra vez. Capítulo 1. Ejercicio 1. “Cantidades Positivas y Negativas”.

El autor agradece a sus profesores de álgebra, trigonometría y cálculo por su paciencia infinita, más allá de todo deber. Castellón es el más ofendido.  @franciscogpr

 

fgpr

 


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