EL ELEFANTE EN LA HABITACIÓN: LAS PRISIONES.

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EL ELEFANTE EN LA HABITACIÓN: LAS PRISIONES.

 

Acabamos de pasar varios meses de campañas de tiempo completo; lunes a viernes, día y noche, noche y día, en donde amenazas, memes y propuestas nos han caído a raudales. Pero hay un elefante en la habitación del que nadie habla. En todos los debates, en todos los carteles, en todos los planes, no encontré a nadie que pusiera este tema en la palestra de forma directa: las prisiones en México.

Aunque a nadie parece importarle el tema –por lo menos no en agenda pública-,  a mí me parece fundamental. Como dijo Cantinflas –y en menor medida, Arjona- si yo fuera Diputado, empezaría justamente por aquí.

Siempre he pensado que las cárceles resultan un cultivo muy preciso, un microcosmos que refleja el entorno cultural, económico, político y jurídico en el que se encuentran.

Las prisiones en todo el mundo tienen tres objetivos: uno protectivo (alejar de la sociedad a personas que son un riesgo); uno punitivo (castigar a un ciudadano por romper la ley) y uno de rehabilitación (preparar a las personas para una eventual reinserción).

¿Me equivoco si afirmo que en México ninguno de los tres objetivos se cumple a cabalidad?

¿Protectivo? Aunque pareciera que los presos están fuera de la sociedad y no pueden causar daño, la realidad es que el 90% de las llamadas de extorsión se realizan desde adentro de las prisiones; en ellas se venden y trafican drogas y otros bienes y el apoyo a las familias sigue siendo deplorable.

¿Punitivo? Se estima que el 40% de los presos en nuestras cárceles no cuentan con sentencia condenatoria. Es decir: ni siquiera sabemos si son culpables o no. Están pagando los platos rotos de un sistema lento y corrupto que les arruina el presente y el futuro a ellos y sus familias; sin eventual esperanza de compensación. 51% de los centros penitenciarios en México están sobrepoblados

¿Rehabilitación? No solo son las cárceles escuelas de crimen; también carecen de programas de capacitación generalizados y causan estigmatización social, lo que hace casi imposible para millones encontrar un trabajo una vez que han cumplido condena. Un preso está destinado a vivir en una sociedad que lo orilla de vuelta al crimen. En México el 38% de presos reincide en menos de dos años.

Una prisión es el cúmulo de síntomas sobre lo que está mal en una sociedad. Conocer una prisión es el termómetro más inmediato para conocer el estado de una nación. Pareciera que para resolver el problema de las cárceles habría que resolver el país entero. El sistema judicial; el sistema económico; el sistema policiaco; las leyes y reglamentos; la cultura de corrupción en todos sus niveles.

Así que… ¿Cómo cambias una cárcel? Sencillo: cambias todo el país a su alrededor.

Pero ¿Y si lo hacemos al revés? Mientras un proceso de transformación educativa profunda puede tardar años y hasta generaciones completas (y no por eso es menos urgente), y un cambio de cultura de corrupción puede llevar décadas; una transformación en el sistema penitenciario (habiendo voluntad, por supuesto) podría realizarse en un tiempo relativamente corto.

En México hay unos 300 centros penitenciarios. Ese número es ínfimo si lo comparamos con, por ejemplo, las 300 mil escuelas en el sistema educativo. La inversión para adecuar 300 centros, así como el esfuerzo para limpiarlos, por lo menos, de teléfonos celulares, es ridículamente pequeña si se considera la transformación social, el efecto dominó que podrían desencadenar. Además, puede mejorar el índice de confianza ciudadana al eliminar de tajo las 400 mil llamadas de extorsión que se hacen cada año desde prisión; reducir sobrepoblación en centros y dar legitimidad al sistema de reinserción. Esto no solamente transformaría la vida de los 250 mil presos y sus familias (que por sí solo valdría el esfuerzo), sino de un país entero.

Esto es sencillo, visible y viable. Quizás soy ingenuo; quizás peco de optimista. Pero creo que hay que para ganar guerras hay que empezar por ganar las batallas posibles.

@franciscogpr

 


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